Qué hay debajo del Coliseo
El hueco del centro del Coliseo es lo que todos fotografían y casi nadie sabe leer. No es un sótano ni la ruina de un sótano: es la maquinaria escénica, y el edificio que la rodea era el patio de butacas.
Una máquina, no una bodega
Bajo la arena corren dos niveles de corredores paralelos cruzados por otros radiales: una retícula de muros de ladrillo que sostenía el suelo de madera y todo lo necesario para poner un espectáculo encima. Jaulas, rampas, almacenes, desagües. Lo que queda es la obra de fábrica del foso escénico; la madera desapareció entera.
El suelo era un entablado apoyado en esos muros y cubierto de arena — harena, de donde viene la palabra arena. No era decoración: absorbía la sangre y bastaba rastrillarla entre número y número.
Los montacargas
En los corredores había huecos para montacargas — alrededor de treinta, movidos desde abajo con cabrestantes y contrapesos, cada uno bajo una trampilla del suelo. La fiera entraba en una jaula abajo, varios hombres giraban el torno y la jaula subía a la luz en mitad del espectáculo.
Ahí está el sentido de todo el aparato: nada debía entrar por una puerta. Las cosas aparecían. Un edificio pensado para que un leopardo surja de debajo de la arena en el momento justo, ante cincuenta mil personas, es ingeniería teatral, y los corredores arruinados son lo que de ella queda.
El día de la inauguración no existía
El anfiteatro se inauguró con Tito en el año 80 con cien días de juegos. El subsuelo tal como se ve pertenece al reinado siguiente, el de Domiciano: se excavó y se construyó después, y por eso los corredores están recortados en el nivel original de la arena en lugar de quedar ordenadamente debajo.
Antes de existir, las fuentes describen espectáculos con agua en la arena. Si el edificio llegó a inundarse de verdad para una batalla naval simulada, y cómo, se sigue discutiendo: los desagües están, los testimonios están, la ingeniería se debate. En todo caso el hipogeo cerró la cuestión: una vez construido, inundar era imposible.
El túnel a la escuela de gladiadores
Del subsuelo salían pasadizos más allá de los muros del anfiteatro. Uno conectaba con el Ludus Magnus, la escuela de entrenamiento al este, cuyo patio excavado — una pequeña arena de prácticas con sus propias gradas — se ve hoy desde la calle, bajo el nivel de la acera. Los gladiadores iban a trabajar sin cruzar la plaza.
Qué se puede ver hoy
Parte de la arena se ha vuelto a entarimar, de modo que una franja del edificio se lee como entonces, y el resto se deja abierto para que los corredores sigan a la vista. Recorrerlos exige la entrada que lo diga, en grupos reducidos y acompañados.
La verdad curiosa es que el hipogeo se entiende mejor desde arriba. Desde las gradas el plano se abre como un dibujo en sección: la espina central, los corredores paralelos a ambos lados, los huecos cuadrados de los montacargas. Abajo solo ve muros de ladrillo por encima de su cabeza y pierde la forma del conjunto.
Qué mirar desde las gradas
- el corredor central en el eje largo del óvalo: la espina de servicio de todo el suelo
- los huecos cuadrados y regulares de los muros, donde encajaban las maderas de los montacargas
- el cambio de fábrica entre niveles, huella de reparaciones y reconstrucciones a lo largo de cuatro siglos de uso
- los desagües del nivel más bajo: había que mantener seco un agujero en mitad de Roma
- las puertas de los dos extremos del eje largo: por una entraba la procesión, por la otra se sacaba a los muertos
Actualizado 2026-09-11